Sobre mí

Rafa Hernández. Espíritu libre. Perdedor vocacional. Devoto del Decrecimiento como filosofía. Adoro la montaña, el esquí nórdico, la música, los gatos, las fotos y los buenos poemas. Los malos, también. Grave defecto: soy economista.

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Kælan mikla. Y los sueños, sueños son. #VDLN 147

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Aunque nunca llegué a distinguir del todo si la reiteración se correspondía con la realidad o con un personaje más de aquel insistente sueño, en mi recuerdo quedó grabada la idea de que se repetía varias veces en una misma noche. Caminaba tranquilo por una especie de desierto. Mucha arena, algo de viento y una luz deslumbrante, incompatible con la fotofobia que ya desde mis primeros años se postulaba como inseparable compañera de viaje. El aire, dentro del blanco y negro habitual en este tipo de episodios, se mostraba de un gris tan intenso que mi cerebro lo traducía de inmediato al tono magenta. No me pregunten cómo, pero las moléculas de oxígeno se distinguían a simple vista y, pese a lo solitario del paisaje, no me transmitía signo alguno de intranquilidad.

Foto: Orange 'Ear
Sin señales previas, todo cambiaba de repente. El cielo se cubría con un raro espectáculo que años más tarde creí identificar como una aurora boreal. Auroras en pleno Sahara, eso sí que es buen sueño, sobre todo para un crío que ni siquiera conocía la existencia de las primeras. Tras la tormenta de polvo levantada al paso del fenómeno, atisbaba en el horizonte algo parecido a un ejército. Sin mostrar síntomas aparentes de agresividad, me provocaban una cierta inquietud. Circulaban en perfecta formación, uniformados y con un rostro tan borroso que impedía distinguir sus facciones. Todos se advertían iguales, absolutamente idénticos.

Tras el primer sobresalto, un terror incontrolable se apoderaba de mi cuerpo. Comenzaba a correr, sin rumbo y sin avanzar. Pese a todos los esfuerzos, las piernas permanecían ancladas al mismo punto del terreno. De golpe, como si algo sobrenatural hubiera acudido en mi rescate, me veía inmerso en un pequeño agujero, muy angosto, pero ampliable, que extendía sus paredes a medida que yo avanzaba en cualquier dirección, manteniendo constante la distancia que me separaba de ellas. Poco a poco recuperaba la serenidad y reconocía aquel espacio en densa penumbra como un hogar seguro. Decenas de gatos, todos negros, me acompañaban. Ni un mal punto iluminado, ni una torpe puerta o cualquier otro dispositivo que comunicara con el resto del universo; al fin me sentía a salvo.



Al rato descubría un minúsculo orificio por el que podía observar el exterior, un poco al modo del periscopio de un submarino. Qué privilegio, contemplarlo todo sin peligro y sin nadie en el entorno que me exigiera una conducta determinada. Los felinos me acariciaban por turnos. Se restregaban contra las piernas y me lamían las orejas (también otras zonas que no es necesario describir con precisión), en un gesto inequívoco de que me reconocían como uno de los suyos. Yo les correspondía en lo referente al aparato auditivo, pero dimitía del resto; a fin de cuentas hasta en sueños me confieso humano y me parecía una marranada eso de chupar culos de gato. No nos hallábamos solos, además de los peludos allí habitaba alguien más, otro ser sin rostro que nunca se expresaba, pero que sin razón conocida, aportaba la calma justa para sentirme en paz. 

Me despertaba al observar por aquella extraña mirilla una bota enorme que ennegrecía la visión. Tras el pisotón, pegaba un par de vueltas en la cama y hacía lo que uno hace cuando se levanta a media noche. A juzgar por el rapapolvo familiar del día siguiente, no debía andar muy fino de puntería. Los mayores lo achacaban al sonambulismo que, según ellos, padecía desde el nacimiento. Al principio me molestaba que nadie reconociera mi estado de plena consciencia; no me creía ni la abuela, el único animal que no interpretaba mis dolores de cabeza como una forma de centrar la atención. Luego descubrí que hasta en aquella hiriente incredulidad, podía hallar algo positivo. Qué placer infringir las normas que obligaban a mearse dentro, sin la incomodidad de que alguien me encontrase responsable de semejante vileza. Una infantil venganza personal: dudáis de mí, me obligáis a lo que aborrezco, pero pagareis limpiando mis orines. Algo que, en otros ámbitos y en sentido estrictamente metafórico, intuyo que sigo practicando de algún modo. Después volvía a dormirme y otra vez a soñar con el sueño…



El episodio me persiguió durante buena parte de la vida; invariable, lento y con tal percepción de realidad que aún recuerdo el exquisito olor a tierra mojada inundando el interior de aquel búnker secreto. Del rito suprimí el asunto de la micción cuando comencé a ser yo el responsable de desinfectar los baños. Nadie es lo bastante estúpido como para vengarse de sí mismo. 

Aunque supongo que un psicoanalista se pondría guarro interpretándolo, nunca alcancé a comprender el significado de aquel sueño obsesivo; ni, pese a la angustia con la que concluía, puedo calificarlo en rigor como pesadilla. Jamás he percibido mayor sensación de calma que al resguardo de mi refugio subterráneo.

Pronto aprendí a practicarlo despierto. Lo buscaba con ansia en todo momento: cuando me aburría como un salmón en el colegio, cuando me obligaban a jugar en compañía de aquellos estúpidos vecinos porque pertenecían a buena familia, o cuando la policía del pensamiento descubría, bajo el cuaderno en el que alargaba hasta el infinito unos deberes escolares que en sí no debían cobrarse más de cinco minutos, mis primeros manuscritos infantiles o los recortes de prensa con las partidas de Bobby Fischer.

Aquel sueño desapareció sin aparentes razones hace ya algún tiempo. Pero siempre mantuve la duda si de veras se esfumó del inconsciente o seguía allí, repitiéndose en cada oscuridad y era yo quien no lo recordaba. Bajo los efectos de unas dosis de antidepresivos en trámite de retirada, retornó hace apenas unos pocos días. La misma arena, idéntico ejército, calcada aurora boreal. Solo una innovación, supongo que a causa de la edad: por fin identifiqué el rostro del ser que me acompañaba. Pero eso, no se lo voy a contar; todos tenemos derecho a guardarnos algún secreto.



En premio a quienes hayan sido capaces de llegar leyendo hasta aquí, les aclaro que la música que se reparte sin orden en esta entrada caótica, se debe a Kælan mikla. La banda sonora ideal para aportar ambiente obsesivo a mi obsesivo sueño. Pertenecen a la nueva ola de ese dark-punk con el que tanto me identifico y nos llegan desde Islandia. La tierra en que mejor pueden observarse auroras boreales en determinadas épocas del año y el lugar elegido para su destierro por el gran Bobby Fischer. Para quienes no conozcan mucho de escaques, quizá el ajedrecista más creativo de la historia; un genio medio judío que terminó renegando hasta de sí mismo. El único ser, real o imaginario, en quien alguna vez reconocí cualidades divinas.

Feliz #VDLN, feliz semana. Disculpen este texto a todas luces desproporcionado. En ocasiones, soy así, un poco el niño de Sexto sentido. Sin demasiada convicción espero que al menos les agraden los temas. Aunque no comprenda una sola palabra (solo los necios precisan entender aquello por lo que se sienten atraído), las líneas de bajo y la voz de Laufey Soffía me vuelven loco (más). En la próxima entrega me comprometo a ejercer de breve. Como siempre, salud y libertad. 

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Huelga general.

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Me declaro en huelga de quienes actúan sin pensar
y de los que a base de profundas reflexiones
omiten siempre transformarlas en hechos.
De cuentos de princesas encantadas
y de encantadoras princesas con mucho cuento.
De los que hablan en plural
y de los machos muy machos
que se vuelven sapos al primer beso.
De doctrinas perfectas
de preciosas ideas imposibles
de partidos y de enteros.
De dulces amargos
de roscones sin premio.

Me declaro en huelga de espinacas cocidas
y de coles de Bruselas por más que las rehoguemos.
De cirugía plástica
de plásticos
de idiotas pontificantes en los medios.
De cadáveres en los platos
de cereales transgénicos.
De medicinas alternativas
o de médicos de familia
que todo lo sanan con ibuprofeno.

Me declaro en huelga de cazadores asesinos
de presas profesionales
de taurópatas confesos.
De quienes ganan
de los que pierden
porque en ganar y en perder
consiste el juego.
De homeópatas de la inteligencia
que piensan que al diluirla
multiplica sus efectos.
De cualquier autoridad
de los malos y hasta de los buenos.

Me declaro en huelga de quienes todo lo dominan
de los carentes de dudas
de los que necesitan tener razón para tener razón.
De los ineptos.
De los que aman matando
y de los que matan queriendo.
De intelectuales
de sindicalistas
de emprendedores y de banqueros.

Me declaro en huelga del Madrid y del Barsa
de Contador
de Nadal
y quizá de algún concierto.
De Semana Santa
de carnavales
del catorce de febrero.

Me declaro en huelga de mí mismo
porque de ti
ya no puedo.


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Caravan Palace. Por pura casualidad. #VDLN 146

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Se nos muere la vida diseñando futuros que nunca alcanzaremos, fabricando esperanzas que se frustrarán sin apenas haberse convertido en proyecto. Por el principio de causalidad inculcado a fuego en nuestra alma desde los credos religiosos, tendemos a imaginar que cuanto nos sucede se corresponde con el maldito binomio premio-castigo, que lo aleatorio no existe o que el león escoge siempre a la presa más débil, ignorantes de que con elevada probabilidad, convirtió en almuerzo a la que por allí transitaba por estrictos deseos del azar. Todo ser se define en sí mismo como la materialización de un imposible estadístico; el simple resultado de un sorteo genético, de la quiniela del tiempo y de la lotería del lugar. En egocéntrico ejercicio, nos imputamos éxitos y fracasos, cuando ni siquiera conocemos el alcance exacto de cada uno de esos términos. Ni somos responsables de desgracias, ni merecemos la felicidad cuando a veces se presenta de improviso. Con los años, terminamos por comprender que el único secreto de nuestra existencia se halla en pensar mucho menos y... en vivir mucho más; en tomar lo que nos llegue sin esperar respuestas; en hacer lo que apetece y olvidarnos de lo que conviene, sin formularnos preguntas que nadie sabrá contestar.



Pues así, de modo casual – como conocimos a quienes conocemos y como olvidamos a quienes no resultan sencillos de olvidar –, me encontré hace unos años con Caravan Palace, una banda francesa de electro-swing que capitaneada por la vocalista Zoé Colotis, empezó su andadura en esto de la música allá por el París de 2.012. No son mi estilo, hasta por estrictas razones de edad ni siquiera hacemos buena pareja. Pero coincidimos, nos gustamos y aunque algún tema de su repertorio no termine de entusiasmarme, nadie es perfecto... A disfrutar. Como la vida misma.



El tiempo, nuestro dueño, no da para más. Confío en que los franceses resulten de su agrado. Feliz #VDLN, con salud y en libertad.

Otros temas de Caravan Palace:
Clash
Jolie Coquine
Brotherswing

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Zucchero. Porque la vida puede ser maravillosa. #VDLN 145

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Hay horas, meses, momentos, en los que desearía haber nacido un monstruo de diez cabezas para poder pensarlo todo; una criatura con ochenta brazos, para apartar de mí tanto y tan feo. Hay ocasiones en que te percibes diminuto ante un mundo que parece agredirte sin remedio. Títeres que se creen actores, domadores de la estupidez o equilibristas de la mentira, que saltan a la arena circense convencidos de que la injusticia deja de serlo cuando se oculta tras un muro. Bufones de la ignorancia que valoran más a quien más tiene. Verdugos que se dicen víctimas, cuando son ellos los que agreden. Nuestro tiempo de los mercaderes pasará a la historia como aquel en el que la especie humana, pudiendo escoger la vida, eligió la muerte. Una era de prisas sin rumbo, de crecimientos que empequeñecen; de trabajar hasta enfermar para pagar las medicinas con las que sanarnos de los males que nosotros mismos provocamos. El perfecto círculo del absurdo.


Quién me mandará meterme en estos charcos, cuando quizá lo prudente sea alejarse de la suciedad y evitar que salpique. Bien que me arrepiento a veces, pero es que entre esos tipos y yo, siempre hubo algo personal.



Y en mitad de esa divagación, recuerdas un gesto, una charla, una ilusión que nace y que crece, o quizá una caricia telemática. Tomas el teléfono y a eso de las dos de la mañana escribes esto en tu perfil de facebook. Sin razón, como quien obsequia al mar, una botella con mensaje:

“Es cierto que este mundo nuestro asquea en casi todos sus segundos. El pasado solo es un recuerdo, el presente pura maldad y el futuro aterra. Pero se viven gentes, almas, instantes, en los que todo lo feo se desvanece y el tiempo parece detenerse. Después vendrá lo que venga, pero de momento, que nos quiten lo bailao.”

Más allá de no sé cuántos “me gusta”, sientes que ya has visto todas las películas y que a veces la copia puede mejorar al original; como en esta versión del maestro Zucchero, sobre un clásico de Black. Porque pese a ellos, los otros, que como en la peli de Amenábar creen hallarse vivos cuando en realidad están muertos, la vida puede ser maravillosa… Bailemos.

Aquí voy, a la mar otra vez
el sol cubre mi cabello
y los sueños están en el aire
gaviotas en el cielo
y en mis ojos tristes
sabes que no se siente bien,
hay magia en todas partes.

Mírame a mi sigo aquí solo de nuevo
firme en el brillo del sol

no necesito correr, ni ocultarme
es una maravillosa, maravillosa vida
no necesito reír, ni llorar
es una maravillosa, maravillosa vida

El sol está en tus ojos
el calor en tu pelo
parecen odiarte por estar ahí

y necesito un amigo ohh
necesito un amigo
que me haga feliz
y no sentirme tan solo.



Feliz #VDLN, feliz semana. Hoy sin tiempo, sin ganas, abandonado por las musas, y bajo la convicción de que nadie, ni siquiera yo, comprenderá una sola letra del texto… salud y libertad.

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La caza. Cuando la muerte tiene un precio.

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Qué ocurrente se muestra a veces el destino. Por otro de esos designios que cuesta descifrar, hace casi coincidir en el tiempo dos hechos que constituyen tesis y antítesis en una sola oración gramatical. De una parte el asesinato en Lleida, hace unos días, de dos guardas forestales bajo los disparos de un psicópata con rifle. A quién se le ocurre intentar impedir a un tipo así matar donde y como le salga de los genitales. De otra, ayer mismo se publicaba en prensa que un grupo armado que responde al acrónimo de ONC (OBservatorio Nacional de Caza o algo parecido), insta a la fiscalía a perseguir los – en su criterio – continuos ataques sufridos por sus socios a través de las redes sociales. Hacen bien. Menudo peligro. Se cuentan por cientos los cadáveres que alcanzaron esa indeseable condición a golpe de teclado.



Más allá de lo absurdo, ridículo y falaz del eslogan reivindicativo, nos muestra uno de los rasgos dominantes en esta sociedad de la hipocresía. Quienes de natural practican la violencia, intentan transformarse en víctimas cuando fracasa su primera estrategia, pasando a desarrollar comportamientos pasivos-agresivos de libro de texto de primero de psicología. ¿Ejemplos? Decenas. Taurópatas que aplauden el apaleamiento de quien protesta en Las Ventas contra un festejo y luego se echan las manos a la nuca por un desafortunado mensaje de un profe de Valencia. Tordesillanos equipados con lanza y garrote que, en el nombre de la libertad, reclaman su derecho a torturar un ser vivo y dicen sentirse atemorizados ante doscientos activistas, sin otro ajuar de combate que un buen puñado de gritos.

El fenómeno se extiende más allá de ese ámbito. En lo político qué partido, dirigente o creyente de base no se considera víctima de alguna conspiración interestelar, orquestada por extraños intereses ocultos contra los de su secta. Basta con que contradigas un argumento o no adores lo suficiente a su todopoderoso líder, para que te incluyan sin escalas en el enemigo, convirtiéndote en responsable único de cualquier catástrofe. En lo personal, quién no ha coincidido con un amigo, pareja o simple compañero de trabajo que tras obsequiarte una buena ración de gritos y acusarte de no se cuantos males, se transforma en inocente víctima a base de burdas memeces. Me has hecho daño; yo es que nací muy débil, la vida me trató fatal y preciso de cuidados especiales... Como si a las demás nos hubieran llevado a hombros por la puerta grande. La cagaste si no los reconoces el único ser único sobre la faz de la Tierra y con la misma facilidad con la que un esputo regresa al rostro de quien ose lanzarlo contra el viento, te ves aprobando con primeros números las oposiciones al honorable cuerpo de culpables vocacionales...

Por fortuna los hechos son los hechos. Y nos comunican que quienes salen de casa con el insano deseo de matar por placer, son los cazadores; que quienes portan armas y por tanto pueden usarlas contra cualquier ser susceptible de convertirse en presa, son los cazadores; que quienes impiden al resto un simple paseo campestre o una agradable cabalgada en bici, son los cazadores; y que también fueron ellos quienes destruyeron buena parte del patrimonio viviente, a base de introducir especies invasoras, de exterminar las autóctonas y de colocar en el umbral de la extinción a todo animal que por puro instinto les haga la competencia. Y encima nos someten al martirio inquisidor de soportar argumentos insostenibles ante la razón. Nadie ama más al galgo que el galguero, por eso lo maltratan; nadie quiere más al toro que el torero, por eso lo torturan hasta la agonía; nadie ama más al ciervo que el montero, por eso lo disparan. Por dios, que por mí no sienta nadie semejante afecto.

Como en la peli de Sergio Leone, la muerte tiene un precio, el que pagan por sus puestos. Las leyes pueden escribirse con cualquier letra, pero en el invariable derecho de la Gaia, ellos son el peligro, la multinacional con mayor cuota de penetración en el repugnante mercado de la sangre.  A estas alturas, todas sabemos que la historia de caperucita, la del lobo malo y el cazador bueno, no es más que un cuento.
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Fleetwood Mac. Tango in the Night. Cosas de brujas. #VDLN 144

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Entre las múltiples rarezas que asumo sin bochorno, se encuentra la de coleccionar canciones perdidas en el fondo de armario de mi amada fonoteca. Temas proscritos por el público, por la crítica y a veces hasta por los propios autores que reniegan de recrearlos en el mágico aquelarre de un directo. Pero que por esas desconocidas razones de la sensibilidad individual, o tal vez por mi enfermiza adicción a la minoría, me llegan más, mucho más, que los considerados como grandes éxitos. Se asoman a la maltrecha cabeza decenas de ejemplos: el Washington Bullets de los Clash, el Haters de Fischer Z… o aquel Tango in the night de Fleetwood Mac.


Publicado en 1.987, una vuelta al sol que nunca alcanzaré a borrar de la memoria, regaló el título a un trabajo del que fue quizá la pieza más desconocida. Entre hits como Big Love, Seven Wonders, Everywhere, Little Lies o Isn't Midnight no me siento capaz de identificar los motivos por los que tanto emociona. Tal vez porque como buen noctámbulo gusto de danzar en la noche o igual porque en algún momento de mi recorrido por la Tierra, dejé con alguien demasiados tangos pendientes de bailar...

Escuchar el viento sobre el agua.
Escuchar las olas en la orilla.
Tratar de dormir, el sueño no vendrá.
Justo cuando comienzo a desvanecerme.

Luego recuerdo...
que cuando la luna estaba llena y brillante
te tomaría en la oscuridad
y haríamos el tango en la noche.
Tango…

Guarda el sueño en el bolsillo
nunca dejes que se desvanezca.
Dentro, fuera
no existe la soledad en ese sueño.

Luego recuerdo...
que cuando la luna estaba llena y brillante
te tomaría en la oscuridad
y haríamos el tango en la noche.
Tango…



Mi apasionada relación con la banda de Mike Fleetwood y John McVie subsiste desde la adolescencia. No solo por las múltiples cualidades artísticas que les reconozco, tampoco por su longevidad en la cima. Tiene más que ver con la irresistible atracción que sentí desde crío hacia una de sus vocalistas. Mi padre enfermaba cada vez que en aquel cuarto de catorce o quince años, coincidía con el póster de Stevie Nicks. Lo situé en el centro de la pared, frente a la cama. Justo debajo de un crucifijo de la abuela que no había dios que quitara, y casi a la misma altura que los de Soiuxie Sioux y el ídolo Strummer.

Antes de emprender mi personal batalla contra la vigilia, cada fin de jornada me recreaba en su rostro pálido, contrastado con una vestimenta invariablemente negra y aquellos seductores sombreros del mismo tono, imposibles para la época. Me hechizaban sobre todo sus ojos, pequeños, castaños, tristes, pero de una mirada capaz de transformar en edén las pesadillas propias de un aprendiz de humano. Justo antes de rendirme al sueño, recordaba esa voz rasgada que parecía no corresponderle. Estudiaba todo lo que sobre ella caía en mis manos. Así conocí que la proximidad a la Wicca, tan confirmada como nunca del todo reconocida, provenía de su madre, aficionada a las historias fantásticas; y la inclinación a la música, de un abuelo que en su tiempo sobrevivió como intérprete de country. También aprendí que junto a su pareja de entonces, el guitarrista Lindsey Buckingham (un maestro del fingerpicking), componía buena parte de los temas más exitosos.

Nunca he descifrado del todo el enigma de semejante admiración hacia la Nicks. Mi natural tendencia hacia lo sencillo lleva a concluir que todo se debe a que, en ese momento en que la niñez se despedía para abrazar la adolescencia, la escuché contar así, la historia humanizada de una diosa de la mitología galesa llamada Rhiannon.



Y en esto andábamos cuando, tras la puerta, aparecía mi padre en plan policía del pensamiento:

– Hijo, quítate esos chismes de las orejas y a dormir. Esto es preocupante. Lo del tío de la cresta y la señora de los ojos morados, lo medio entiendo, cosas de la edad. Pero cómo te podrá gustar la bruja pánfila de la pandereta.

Pues sí papá, me encantaba. Ya sabes que desde siempre me tiraron mucho las meigas...

A estas alturas quizá se pregunten por qué la banda lleva el apellido del baterísta, cuando ni compone, ni aporta la voz, ni contribuye de modo especial a la imagen colectiva. Igual al escuchar el corte que sigue a partir del minuto dos y medio, salen de dudas.



Lo dicho, Fleetwood Mac, Tango in the night. Espero que resulten de su agrado y que, pese a los años y los achaques, aún nos quede algún tango por bailar.

Feliz #VDLN, feliz semana. Como siempre, con salud y en libertad.

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Ekyrian. Río de niebla. #VDLN 143.

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Mucho antes de verse colonizada por decenas de parásitos con mandato representativo, o por miles de funcionarios de origen rural y utilidad desconocida, adscritos ambos a la infame Junta de Calamidades de Castilla la Mancha; hubo un tiempo en el que Toledo era Toledo. Una ciudad pequeñita, acogedora, castellana nueva. Todas nos conocíamos, hasta por genealogía. Aunque resultaba molesta la inflación de sotanas y de uniformes, cada cual era hijo de su madre y no había hueco para la mentira. De vez en cuando, tras la niebla, se inundaban unas vegas que, según mi padre, pertenecían por arrendamiento a su familia. El río aún merecía ese sustantivo y en él aprendíamos de un modo un tanto heterodoxo nuestras primeras brazadas. Incluso entre los mayores se definió una modalidad natatoria, que en esencia consistía en hacerlo todo al revés de como ordenaba la mejor técnica. “Estilo Tajo” la llamaban. No me extraña que con semejantes enseñanzas, cada verano se contaran por decenas las víctimas de las aguas.


Hubo un tiempo en el que al margen de catedrales y retratos del Greco, uno de sus rasgos característicos era el loro de la calle de la Plata. Un pájaro viejo, inteligente, que fiel a su condición de macho de la época, silbaba al paso de una chica guapa. Sus habilidades lingüísticas se prolongaban más allá de las rancias cuestiones de género. Si divisaba un hombre de impecable traje gris, no dudaba en saludarlo con un “cabrón” que retumbaba en una vía de no más de dos metros de ancho. A las señoras de pelo con laca y abrigo sustraído a algún pobre animal asesinado por esa causa, las calificaba invariablemente de “putas”. Conductas aprendidas de los humanos, supongo. El único animal sobre la Tierra capaz de traducir sus pensamientos a palabras. Palabras, simples palabras, con las que transmitir al otro lo opuesto a lo que ideamos. Palabras que unas veces se vuelven sentimiento, otras arte, pero que casi siempre se convierten en la emisora predilecta para la retransmisión de falacias. Todas, en mayor o menor medida, ejercemos de la Alicia de Bunbury. Aquella que, según el genio zaragozano, dice que te quiere cuando ya te ha abandonado. Palabras, simples palabras; mentiras y gordas, como en la peli de Antonio Albacete.

Tal vez por ese convencimiento, adoro a los seres instrumentales. Los que escriben su historia con la melodía de los hechos y no con la falsedad de unos vocablos que siempre se termina por llevar el tiempo. Esos que, lejos de cuentos de hadas con final feliz, aprendieron a hacernos felices sin contarnos cuentos.



En honor a todas ellas, les regalo para este viernes de frío un par de cortes del primer disco de Ekyrian. Unos chicos madrileños, afiliados al folk-metal, a los que descubrí hace nada por el inmerecido obsequio de una amiga. Sin aún conocernos demasiado, ella sabía que me agradarían. Gracias. Tienen talento. Aunque poseen una cierta facilidad para crear buenos textos, me quedo con Pueblo Celta, en mi personal criterio, una maravilla. También mola Río de niebla. Otro instrumental que me recuerda a los inviernos de la infancia, en aquella perdida ciudad en la que conocí este mundo de mierda. Quizá porque en la música, como en la vida, prefiero a quienes rompiendo los espejos en los que un@ se observa a sí mism@, se muestran capaces de escribir sin letras. Espero que les gusten.



Feliz #VDLN, feliz semana. Salud y libertad.

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Evanescence. My Immortal. Belleza que duele. #VDLN 142. .

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Hola Rafa. Soy Eva, la hija de Luis Alberto. Mi padre ya no puede contestarle. Por razones que es muy posible comprendáis vos más que yo, dada la íntima relación que mantenían pese a la distancia, decidió terminar el pasado día cuatro. Lo hizo a su modo, como siempre vivió. Se subió a una silla, amarró una cuerda a una de la vigas del techado, se la anudó al cuello y desplazó el asiento. Eso es todo.


Maldito whatsapp convertido en córvido mensajero de malas noticias; maldita la vida que no encontró para ti el sitio que merecías; y malditos los que, pese a intentarlo con todas nuestras fuerzas, no inventamos el modo de ayudarte. Tu paisano el Ché, ese al que tanto idolatrabas, dijo una vez que más valía morir en pie. No era preciso tomarlo tan a pecho. Sepas que te entendí hasta en tu última decisión, nada quedó que no comprendiéramos el uno del otro. Aunque confieso que a veces me incomodaban, echaré de menos tus mensajes a mis cinco de la mañana. Una hora siempre inadecuada, temprana para despertar, tardía para iniciar el sueño. Perfecto símil de nuestra existencia, de la tuya y de la mía. Un beso tío, te quiero. Eso es todo.

Para ti que seguirás estando aunque escogieras no estar, y para quienes me enseñaron a vivir y ya se fueron, Evanescence, My Immortal. Una preciosa composición de Amy Lee que, como todo lo que en este mundo he amado, termina por hacerme llorar.



Apetezca o no, el espectáculo continúa. Disculpen unos subtítulos repletos de incorrecciones, pero no me sentí con ánimos de subir el vídeo a mi canal con una traducción decente. Espero que al menos les guste la canción. Feliz #VDLN. Salud y libertad.

PDT: porque con frecuencia interpretamos como sexo lo que no es más que amor, el tema está inspirado en la relación de Amy con su hermana, desaparecida en plena juventud.

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