Sobre mí

Rafa Hernández. Espíritu libre. Perdedor vocacional. Devoto del Decrecimiento como filosofía. Adoro la montaña, el esquí nórdico, la música, los gatos, las fotos y los buenos poemas. Los malos, también. Grave defecto: soy economista.

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Algún día la vida por sorpresa
se vestirá de amante despechada.
Elegirá quizá para la ocasión un traje largo
de crisis aguda de cefalea en racimos
y seré yo mismo quien escoja el arma.
Tal vez se disfrace de tráfico insolente
de cierta adicción de la que nunca por completo
logré separarme. O si me empeño lo bastante
en no colaborar
de cualquier rareza autoinmune. Acabará todo
porque todo acaba. Y en función del instante
exacto en que decida presentarse. No descarto
responder
escuetamente:
gracias.

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Spandau Ballet. Lento y con riesgo. #VDLN 156

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Tras el desayuno y la correspondiente llamada al aeropuerto, en un intento baldío por recuperar el equipaje, lo primero era conseguir algo de ropa, no íbamos a estar cuatro días sin muda. Mi caso resultaba mucho más sencillo, Antonio, con un poco de buena voluntad, casi cuadraba con mi talla; algo más bajo y bastante más fuerte, pero me apañaba. El de ella presentaba peor diagnóstico. Ninguna de las chicas alcanzaba ni de lejos su estatura y mucho menos su delgadez extrema. Preguntamos en recepción por algunos lugares en los que proveernos e invertimos el orden natural de la visita: primero las compras, solos, que no era cuestión de fastidiarle a nadie el plan por un problema que nos pertenecía; luego el ocio y la cultura, ya reintegrados al grupo después del almuerzo. En nuestro peregrinar por las tiendas del centro de la City, no mentamos el incidente de la noche pasada, pero… allí estaba, en medio de los dos, como un invisible muro de hormigón que, de algún modo, nos separaba. Creo que ambos nos vimos infectados por el mismo mal: el miedo a revisar unos segundos que deseábamos no hubieran existido. Al salir de uno de los comercios se decidió. Aparcó las bolsas en el suelo, tiró de mi solapa y me amarró por el cuello para propinarme uno de esos besos con los que concluían las películas de antes. Lo interpreté como un modo de solicitar el perdón tras su ataque de ira incontenida o, tal vez, de demostrar que era ella quien había disculpado mis omisiones. Juiciosa osadía, la de despreciar lo que nos distanciaba sin requerir de motivos. Ni los comentarios de un par de indígenas que abandonaban el establecimiento, lograron interrumpir nuestra personal ceremonia de la reconciliación.



Por la noche, en el Soho, lo primero fue pillar un poco de «aquello», de compleja tramitación aduanera, que en los ochenta considerábamos imprescindible para salir de fiesta. Menudos precios, cómo para quejarnos de regreso al estafador de San Blas que en Madrid nos servía de intendencia. Después, ronda de clubs hasta localizar el nuevo templo neorromático, tras el cierre del mítico Blitz de Covent Garden. Aquí ya no hallaríamos a Steve Strange ejerciendo de «segurata», siempre atento a que al recinto no accediera nadie que no diera «la imagen». Se cuenta que llegó a negar la entrada al mismísimo Mick Jagger, porque en lugar tan sagrado no había espacio para los rockeros. Tampoco a los Spandau Ballet en sus inicios «synth pop», cuando ejercían de banda residente. Pero nos valía para entrar en materia de cara al próximo concierto de los londinenses sobre el que, a fin de cuentas, se construía la excusa de nuestra expedición.

Una de las compañeras se espesó con los chicos de Gary Kemp. Nos narró verdades y mentiras, desde sus orígenes bajo el nombre de The Makers, hasta el éxito de masas, tras abandonar la asfixiante etiqueta «new wave» y abrazar para siempre el soul de calidad, lo suyo. Pasada de alcohol, se volvió reiterativa. Tres veces nos descubrió la procedencia del nombre del grupo: Spandau venía de un distrito de Berlín, célebre por albergar entre sus muros el presidio en que cumplieron condena los dirigentes nazis que sobrevivieron a la última gran guerra; lo del ballet constituía una cruel metáfora sobre el movimiento del cuerpo de los condenados, en plena ejecución por ahorcamiento. A medida que la charla avanzaba, desconecté del presente para perderme en mis habituales filosofías baratas. A nuestra sociedad contemporánea, la creemos prisionera de la enfermedad del tiempo. Una falsedad, trabajamos menos horas que en cualquier otra época y gracias al proceso tecnológico, con mucho menor desgaste físico. El demonio es la velocidad. Todo con prisa para que quepa más, para hacer más productivo hasta lo que por naturaleza carece de medida. Los plazos, las obligaciones autoimpuestas, los ritmos…



Además del conciertazo en Camden Palace, si algo bueno obtuvimos de aquel borrascoso viaje a Londres, fue el atrevernos a cruzar las estúpidas barricadas que unas veces nos separan del prójimo, otras de quienes más queremos y, con mayor frecuencia de la deseable, hasta de nosotros mismos.

La canción en sí, narra la complicada relación sentimental entre un católico y una protestante, en pleno conflicto de Irlanda. Una especie de homenaje de los miembros del grupo a un amigo que murió, víctima de la brutalidad de la policía británica. Una buena lección para estos tiempos de absurdas distancias. Spandau Ballet, Through the Barricades, lento y con riesgo, como debe hacerse todo lo que en esta vida merece la pena, incluso el amor.

Aunque empiecen a sonar a antigualla, espero que les gusten. Feliz #VDLN, feliz semana. Salud y libertad.

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Les Ramoneurs de Menhirs. Con gaitas y a lo loco. #VDLN 155

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En todos los barrios, en todas las casas, siempre hay un rancio o una rancia. Esos que parecen empeñados en llevar la contraria sin razón aparente. Los que se cabrean en Navidad y ponen mala cara cuando les llega una invitación de boda o cuando al nene de la prima, no se le ocurre mejor cosa que disfrazarse de algo para recibir a Dios y encima espera que los demás compartan entusiasmo. Suelen reaccionar mal ante los petardos de año nuevo, los «cumples» de los herederos del vecino y consideran un madrugón, levantarse a eso de las diez, en jornada de diario. Interpretan las típicas novatadas un simple modo de consagrar el «bullying» y además no les encuentran ni maldita gracia. Gustan de salir poco, y si no queda otra, mejor entre semana. Son insociables, retraídos, abominan de las tradiciones y se les distingue a simple oída por el bajo tono de voz en que se expresan. Viven de noche y de día duermen lo que pueden. Identifican el infierno con Benidorn en agosto, llegan tarde por costumbre y una buena parte odian el fútbol o, en su caso, son del Atleti, que viene a ser la misma cosa.



Supongo que no les costará adivinar quién ejerce de rancio en mi barrio. Tampoco que me repatea la Santa Semana. Contiene todos los ingredientes para guisar al vapor una pesadilla deconstruida, según normas de la cocina contemporánea: ruido, aglomeraciones, coches, tomillo en las calles, playa en cuanto te despistes y la obligación de tener que viajar por narices a alguna parte. Tampoco le pillo el punto a eso de pasear en público imágenes macabras, vestido cual verdugo del medievo o socio numerario del Ku Klux Klan.

Dada la fecha, lo suyo era elegir como sintonía la saeta que Machado compuso para Serrat. Pero como soy un rancio, entre el Jesús del madero y el que anduvo en la mar, me quedo con el que multiplicaba panes (los peces, nada me hicieron) o con el que expulsó del templo a los mercaderes. Por coincidencias de este descabezado mundo nuestro, los más entusiastas de la fiesta suelen ser quienes ocupan en el presente, el mismo lugar sociológico de los que, con estricta legitimidad democrática, decidieron la desdicha del nazareno. O sea, los de siempre: el poder, el clero, la masa. Con independencia del fascinante debate sobre su naturaleza, divina o humana, siento curiosidad por conocer qué opinión tendría aquel judío rebelde, sobre la coreografía que en su nombre montan ahora los fans. 

En fin, que como soy un rancio, en esta «madrugá» de Viernes Santo les invito a escuchar a Les Ramoneurs de Menhirs, un grupo bretón de punk-celta, en uno de esos himnos atemporales que recuerdan mi conflicto permanente con la mayor parte de cuanto nos rodea. Robando la frase al bueno de Rafa Narbona, en su muy recomendable Miedo de ser dos, «no me incomoda ser un loco, un preso o un paria. Tal vez la verdadera libertad, consista en vivir en los márgenes, execrado y maldito». 



Vaya fatalidad, cinco días de fiesta relativa el IVA no lo cambian, y me da por ponerme estupendo. Menos mal que, dadas las fechas, no nos va a leer ni Dios. Por algo doña Mantilla tiene al glorioso ejército español, de desfile en desfile, con las banderas a media asta. Feliz semana de pasión. Aunque ni para lo uno, ni para lo otro, se muestre muy propicia, salud y libertad.

PDT: Ruego disculpen la lentitud (a veces inacción) en responder a comentarios y la intermitencia en pasarme a saludar por otros espacios. Al contrario que José María de laparejitadegolpe, que gusta de jugar cortito y al pie, últimamente ando metido en algún proyecto de pase largo al espacio, y camino con el tiempo más escaso que la inteligencia en cierto «maestro» de la tauromaquia, de ridícula actualidad en estos últimos días por asuntos relacionados con la higiene. 

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Steve Reich. Minimalismo: los sonidos del decrecimiento. #VDLN 154

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Sobran casas; la existencia de miles de seres que carecen de ellas se traduce en un simple problema de distribución, nunca de cuantía. Sobran cosas en las casas: televisiones, criminales con formato de microondas, venenos que empleamos con la excusa de la higiene, grasas, carbohidratos, enchufes, chismes enchufados, consumiendo una energía escasa; también sobran calzoncillos y bragas, no es preciso coleccionarlos o coleccionarlas. Sobran genios bajo palabra de honor y artistas sin otro arte que la imitación. Sobran armarios repletos de prendas que jamás volveremos a usar. Sobran coches, casi todos, carreteras, pistas forestales y autovías con o sin peaje. Sobran mujeres muy monas y sobran machos muy machos, a la hora de la verdad, ninguno son para tanto. También nos sobra el AVE. Sobran amigos de mentira en redes sociales y algunos de los que se dicen de verdad. Sobran gritos, insultos, falsedades. Sobran seres en nuestras vidas que nada aportan salvo su condición parasitaria. Sobran amantes que no nos aman y familiares de los que nunca se sabe. Sobran horas de trabajo, distribuidas en innecesarias jornadas interminables. Sobran burócratas, funcionarios, policías y armas. Sobran relojes. Sobran fronteras, sobran Estados. Sobran cifras, economistas, abogados, adjetivos y hasta verbos malsonantes. Sobran los que ni dejan ni comen, los aburridos, los amargados y los que se recrean en su mala suerte, sin poner nada de su parte. Sobran empresarios, emprendedores, sindicalistas profesionales. Sobra fútbol, sobran toreros. Sobran maltratadores de género y de cualquier género o especie. Sobra la violencia, sobran las religiones. Sobran salidas y sobran entradas que ni nos sacan ni nos llevan a ninguna parte.

Lo que resiste después de eliminar todo lo supérfluo, la esencia, se llama minimalismo. Una forma de emprender la vida, un modo de interpretar el arte: vivir con menos, para vivir más bonito.



Aunque consciente de que no resulta lo más adecuado para escuchar mientras pasamos el aspirador, y con el deseo de que los sonidos minimalistas de Steve Reich les agraden tanto como a mí (y a los felinos con los que comparto mis mejores horas)… Feliz #VDLN, feliz semana. Salud y libertad. 

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091. La noche que la luna salió tarde. #VDLN 153

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Menudo «flash», despertar en su habitación, en plena resaca, bajo inequívocos síntomas de que allí «habían fumado». Creo que fui el único del grupo sin conciencia exacta de lo sucedido. El desayuno se volvió épico: burlas, comentarios chismosos con segundas, terceras y hasta cuartas. Las típicas expresiones soeces que te ensanchan el ego cuando nacen de una fantasmada, pero que te hieren hondo si se corresponden literalmente con lo acontecido. Solo a mí podía sucederme. Para una vez que me ligo a la belleza oficial de la clase, al día siguiente todo parecía haberse fugado de la memoria. Las consecuencias de una excursión de fin de curso, de Granada, del colocón de ciertos humos criados más al sur y de las diez o doce copas que debí ingerir en algún garito cutre del Sacromonte. Ni siquiera la desafortunada creyó aquella amnesia narcótica. Lo tomó como un cumplido de caballero, fruto del agradecimiento hacia la mujer que me inició en el arte de amar en pantalla grande.


De milagro no nos expulsaron a los dos del centro. La connivencia del profesor a cargo de la expedición -el de filosofía- que prefirió suponer que eran cosas de la edad y que allí no había pasado nada, nos libró del correctivo. Con lo supercatólico que decía ser el director, como para andarse con bromas en cuestiones «morales». Resultaba de público dominio que aquel hombre con bigote que irrumpía en cualquier aula para soltar cuatro chorradas en inglés, su modo de justificar el supuesto biligüismo del colegio, gastaba querida con piso puesto y abrigo de piel en temporada. Pero una cosa es el humano deshaogo de las pasiones personales y otra consentir que los jóvenes bajo su tutela convirtieran las actividades, más o menos patrocinadas por la institución, en instrumento para la lujuria. Nos tuvimos que tragar, eso sí, una absurda terapia con el psicólogo de oficio, militar con inclinaciones golpistas y conocimientos de la especialidad lo bastante limitados, como para que lo engañáramos sin demasiado esfuerzo. «Que le juro que no, que de sexo nada. Solo salimos de fiesta, volvimos muy tarde y para no molestar a los compañeros decidimos compartir cama». También ayudó el que ella caminara por los dieciocho largos, usara novio con derecho a cena navideña en casa de los padres y que yo acabara de cumplir los dieciséis. El generoso donativo de ambas familias al «Hampa» o como se llamase la asociación de progenitores pelotas en aquel momento, terminó de resolver el asunto.

—Lo hiciste muy bien para ser la primera vez.— Me confesó como despedida al pie del autobús, ya de regreso. Aunque hoy disponga de elementos de juicio para valorar tal afirmación como un simple cumplido, el ego y las hormonas me invitaron entonces a darlo por bueno.

Tras cerrar COU con resultado dispar -la chica fue a septiembre en selectividad, yo ejercí de empollón y aprobé en junio con nota decente-, no volví a verla hasta transcurridos más de treinta años. Fue ella quien me reconoció en medio de una multitud, en pleno furor navideño de la calle Preciados. Aquella niña arregladísima, preciosa en cualquier dirección, y casi anoréxica del setenta y muchos, se había transformado en una mujer ancha, deslustrada, sin ningún atractivo especial entre una masa de seres que caminaban con prisa, como si de verdad fueran hacia algún destino. Su rostro delataba las vueltas al sol; el cuerpo, el inconfundible efecto de los antidepresivos. Cuando se identificó, se me vino a la cabeza una de esas ideas que nacen contaminadas por el machismo infame que nos inculcaron de pequeños: «Bufff, de la que me libré». Me azotaría con solo recordarlo. Aunque todo permaneciese encerrado en mi interior, cómo podía tratar tan injustamente a la dama que me acompañó en el rito de iniciación. ¿Acaso yo no me observaba ante el espejo? Me contó que terminó divorciándose de su antiguo novio, que el tiempo y el alcohol lo convirtieron en un individuo imposible y que acabó denunciado por malos tratos. Tomamos un par de cañas que me sirvieron para esconder las gafas de la estupidez en el baúl de lo que nos avergüenza de nosotros mismos. La volví a mirar y entonces... la vi. Al despedirnos nos fundimos en un abrazo, cuya intensidad excedía de lo natural entre dos antiguos compañeros de curso.

—Sigues siendo la más guapa de la clase y yo, pese al empeño que le puse, continúo sin acordarme de nada.

—Anda, no seas bobo, qué ya no tenemos «diecitantos» —comentó en un tono que interpreté como dos tercios de complacencia y el resto de falso rubor—. Me alegra haber coincidido. Estuve en una charla que diste en la UNED, quería saludarte, pero con tanta gente a tu alrededor no me pareció adecuado. También compré tu último libro. A ver si quedamos y me lo dedicas, siempre supe que te acabarías convirtiendo en alguien importante.

Comprendí lo mal que debía haberle tratado la vida, cuando por comparación usaba ese adjetivo - importante - para referirse a mí, un perfecto retrato del fracaso. Intercambiamos los teléfonos y, casi cuando cada uno reemprendíamos nuestro personal viaje a ninguna parte, se giró para regalarme una sonrisa que me devolvió a la chica más deseada de la clase de COU:

—Yo me acuerdo de todo. Aunque ahora seas tú quien no quiera creerlo.

No volvimos a encontrarnos. Creo que los dos, desconozco si con buen o con mal criterio, preferimos la memoria de lo que no llegamos a ser, al triste presente en que nos habíamos convertido.



No sé como justificar esta entrada. Tal vez constituya una forma de dar salida a las tomas falsas de un proyecto literario en el que me hallo inmerso, o quizás todo se deba a los efectos de una tarde lluviosa de primavera, en la que, tumbado en el suelo para escuchar como crecía la hierba, me venció el recuerdo de una de esas noches en las que la luna decide retrasarse. Les dejo con la duda y con la música de 091 que, caprichos del azar, son «granainos» y regresaron a los escenarios en 2016, tras una pausa eterna. En cualquier caso, nunca olviden aquella frase de Faulkner: «Un escritor -y quienes sin merecer ese nombre jugamos a serlo, añado- es intrínsecamente incapaz de decir la verdad, por eso llamamos ficción a lo que escribe».

Feliz #VDLN, feliz semana. Hasta la próxima, con salud y en libertad.

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Chuck Berry. Ni más ni menos que rock 'n' roll. #VDLN 152

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Un grupo de colegiales deambulan con la curiosidad que despiertan las salidas de la escuela, por las salas del antiguo Museo Español de Arte Contemporáneo. Dulcemente, la conservadora intenta transmitir a aquellos cerebros receptivos, aún sin excesivas secuelas del virus de la educación, la belleza escondida en determinadas tendencias creativas. Surrealismo, abstracto o las tomaduras de pelo ocultas tras ciertas vanguardias. Hablamos del setenta y muchos, tal vez del ochenta, en pleno auge de aquel pop-art trasnochado que empezaba a tomar las calles de la capital por el turbio asunto de la Movida. Más o menos a mitad de la charla, uno de los críos sentencia:

— O sea, que el arte moderno es aquel que está mal hecho.



La mujer quedó sonriente, como en ella era usual, pero sin capacidad para la respuesta. Orgullosa quizá de haber trasladado a esos infantes, el conocimiento nacido de los años de estudio. En cada una de las reiteradas ocasiones en que mi prima rememoraba aquel episodio, alcancé la misma conclusión: los niños y los viejos, los que siempre dicen la verdad.

Por fortuna, tras tanto camelo encerrado en tanto «ismo», el regreso a las formas realistas de la mejor creación de nuestros días, devolvió la gloria a sus legítimos dueños. Que sí, que sí, que está muy bien eso de la pintura, de la fotografía y hasta de la poesía abstracta o conceptual. A mí Zóbel me encanta, como Plensa o como Barceló, pero no las legiones de impostores que por dibujar, revelar o escribir «gurrapatos», se reivindican en la etiqueta de genios. La creatividad no consiste en asistir a los antros más «in» del momento, disfrazado de fundamentalista islámico («hipster») o de «hippie» sesentero; sino en transmitir a través de lo auténtico. Sin máscaras, sin modas, sin etiquetas que vistan de originalidad la simple ausencia de talento. Siempre entendí que el arte, cuando nace desde la verdad, está reñido con los uniformes y tampoco precisa de expertos que expliquen a la plebe la razón por la que es bueno.



La música no escapa a semejante patología. A ver quién se atreve a afirmar que, con tan escasas como meritorias excepciones, la mayoría de los intérpretes españoles que alcanzaron gloria en los felices ochenta, no poseían la más remota idea de las técnicas elementales de su oficio; o que el sobrevalorado «indie» nacional, crece sobre tres notas repetidas que suenan a viejo, acompañadas de textos con exquisita tendencia hacia lo obvio; que sobran poses y que falta ingenio.

Sin tanto cuento, sin tanto «postureo» en redes sociales, música popular es lo que hacía un tipo de Missouri que respondía al nombre de Chuck Berry; puro hiperrealismo sonoro, sin nada que maquillar. A Elvis le apodaban el rey, por guapo, por blanco y un poco por esa pinta de paleto con la que todas de algún modo nos identificábamos. Pero el tío que inventó esto fue un negro... aunque a la racista industria del disco, le agradara menos.



Decía un andaluz de la Elipa, llamado Pepe Risi, que «un concierto no se acaba hasta que no suena Johnny B. Good». Pues por eso, porque esto es rock and roll y lo demás imitaciones, con él les dejo.



Con el agradecido homenaje al más grande de todos los tiempos, al hombre del que, desde las distancias de la geografía y de la edad, aprendí que cualquier forma de arte nace de la desobediencia y no de la afiliación a estéticas o a credos; feliz #VDLN, feliz primavera. Aunque llegue con frío, repleta de procesiones y de alergias; aunque los días se muestren plenos y se vuelva ínfimo el cálido refugio de la oscuridad... Que les salga bonita. 

Salud y libertad.

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Les Tambours du Bronx. Ruido, mucho ruido. #VDLN 151.

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La llamamos posmoderna o tecnológica, pero habitamos en la sociedad del ruido. Que no respondes al verde de un semáforo, cual Jorge Lorenzo en la salida de un gran premio: bocinazo. Si los energúmenos de arriba padecen las lógicas dificultades de la convivencia o uno de sus adolescentes volvió a casa en el estado propio de la edad: una de gritos. Para qué emplear el diálogo sereno como herramienta de comprensión mutua o para qué colocarnos en el lugar del otro, cuando podemos resolver el tema a voces. Incluso en el trabajo todo se vuelve agresión sonora: el ordenador, el teléfono, la puñetera rotonda que se escucha como si estuvieras escribiendo sobre ella o la voz de una secretaria, incapaz de comprender que entre tus múltiples taras, aún no se encuentra la sordera. Lo de los tonos del móvil no tiene nombre. Deberían penalizar con dos años de arresto a quienes escogen como sintonía la exquisita pieza de El chocolatero.


Ruido, mucho ruido, hasta en las fiestas. A quién se le ocurriría que petardos y fuegos artificiales nacieron para endulzarnos la vida. Voces, gritos, estruendos; el mal endémico de esta península que permite distinguir a cualquiera de sus habitantes entre la masa del metro londinense. Que no, que no me interesan los líos amorosos de los de la terraza de abajo, ni preciso conocer el pésimo gusto musical de los señores de enfrente. Tampoco que al joven del Seat Ibiza - el que transformó el maletero en un bar de copas-, las hormonas le volvieron un perfecto hortera. El reggaeton, como cualquier otra vergüenza, se lo guarda uno para los momentos propios. Todas nos metemos el dedo en la nariz o expulsamos gases como quien no quiere la cosa, pero por simple educación, lo reducimos al espacio de lo íntimo, sin necesidad de compartir con nuestros semejantes lo mal que nos sientan las alubias pintas.

Huyendo del ruido - de todos los ruidos - alquilé una casa en las afueras, en ese punto exacto en el que campo y ciudad parecen confundirse. Ni así. El de la parcela de al lado resultó ser una especie de Jackson Sawyer, pero con la distinción de cliente del mes en Leroy Merlin. Posee todo un arsenal de chismes ruidosos que, por circunstancias que escapan al entendimiento medio, se ponen en marcha solo en festivos y a las nueve en punto de la madrugada. Cortacésped, podadora, máquina de taladrar, soplahojas… Imposible el dialogo. Tras infructuosos intentos recurrí al Duality de Slipknot aputando recto hacia la ventana de su dormitorio. Cuando el tío se presentó en mi casa, en pijama y hecho una fiera, le respondí con la misma frase que tantas veces escuché salir de su boca:

– Cada uno tenemos nuestros horarios, amigo. Mis mejores textos nacen en la noche, a eso de las cuatro y media, y preciso de la música a toda hostia para encontrarme con la inspiración. Si tú eres incapaz de apañar el seto en horas civilizadas, yo no tengo por qué soportar la innecesaria molestia de los auriculares.



El asunto no se circunscribe al cuidado de esa birria de jardín que el tipo mima como si fuera Versalles o algún castillo de Loira. En los cumpleaños de los nenes siento apagar las velas en mi alcoba y las navidades bordean el surrealismo; aunque nada comparable al despliegue pirotécnico de fin de año o a las celebraciones de los goles del Madrid. Encima eso, del Madrid, en casa de alguien al que no le gusta el fútbol y que nació atlético radical en legítima defensa ante el blanquecino forofismo paterno.

– A ver tío, te lo explico desde la elegancia. ¿Por qué no untas los explosivos con vaselina y así, a modo de supositorio, te los introduces tiernamente por donde corresponda? Tienes razón, soy un raro muy desagradable y además hablo bajito; también asumo que los dolores de cabeza me pertenecen como problema, pero yo no tengo la culpa de que padecieras tan adversa fortuna en el sorteo de la genética.


En fin, que se pone en boca de Beethoven aquello de “no interrumpas el silencio, si no es para mejorarlo”. Y precisamente eso, mejorar el silencio sin otras armas que unos palos y unos bidones viejos, es lo que consiguen estos bretones que responden al nombre de Les Tambours Du Bronx. Mi último recurso antes de sumergirme en la ingrata tarea de buscar apartamento. Con ellos les dejo. Espero que les gusten.

Feliz #VDLN, feliz semana. Salud, libertad y... silencio.

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Brian Ferry. My Only Love. #VDLN 150.

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Se hallaron sin buscarse. Cualquier lugar de una ciudad cualquiera, en pleno delirio de los primeros ochenta. Unas copas, decenas de cigarrillos y quizá hasta algo más fuerte; cosas de la época. Ella iba de artista postmoderna, aunque eludiendo por coquetería aquellos horribles cardados que lanzó al estrellato la llorada Paloma Chamorro; él, de negro impecable, a juego con su estudiado personaje de postpunk instruido. Charlaron de música... porque de algo había que hablar para encontrarse.


– Lo mío es Bauhaus, son totales.

No me vaciles, colega. Con un flequillo de treinta centímetros y esa camisa amplia a lo Brian Ferry, seguro que te mola Roxy Music. Tienes un poco pinta de pardillo, pero te delata la forma de expresarte. A mí me encanta, es la hostia, y solo admito basca que coincida en ese criterio. Paso de enrollarme con imbéciles, me gustan los tíos con clase. No creo que actúen en este país de mierda ahora que se divorcian para siempre. Si te hace, arrimamos pasta y movemos el culo a donde toquen…

... Madrid, verano de dos mil catorce. Un tipo en plena madurez se adentra en La Riviera con singular gesto de despiste. De negro impoluto, por momentos parece alejarse de la compañía, a la captura quizá de esa soledad que se vuelve imprescindible para soportar multitudes. Sobre el escenario, la elegancia convertida en notas atemporales. Otra vez, quizá la última, que coincide con el genio de Sunderland. Distanciados por la edad en casi dos décadas, cada cual a su modo empiezan a percibirse mayores. Pero a quién le importan los años, cuando entre ambos evocan el recuerdo permanente de Aquella canción de Roxy (La Mode).
 
A veces me pregunto
más de lo que las palabras pueden decir.
El cielo sabe que es bastante difícil rezar.
Déjame decirte algo: hay un cambio en mí.
Incluso ahora que te has ido, siempre estarás.
Mi único amor
¿Parece tan divertido que un tonto llore?
¿Sabes el significado de la despedida?
Hay un río que fluye entre los sauces.
Cuando necesites conocerlo, acuérdate de mí.
Mi único amor.
Déjame decirte algo
más de lo que las palabras pueden decir.
Pero son todo lo que tengo, no hay otra manera.
Hay un río que fluye entre los sauces.
Cuando te encuentres allí, acuérdate de mí.
Mi único amor



Aunque su completa comprensión escape a quienes no vivieron esos tiempos difíciles, hay que ver lo que inventamos tras ciento cincuenta ediciones, cuando ya no sabemos qué escribir los viernes. Nos salva una interpretación para la que se siente escaso cualquier calificativo. Por voz, por teclados, por coros, por partitura y por un duelo de guitarras entre Phil Manzanera Oliver Thompson, en el que solo el oyente obtiene el premio de la victoria. La técnica exquisita del consagrado, frente a la indómita emoción del aspirante con talento; las dos al servicio de ese toque de clase característico del espíritu eterno de Roxy Music. Pese a mi natural aversión hacia la cultura anglosajona, un trozo con esmoquin de la mejor historia de la música popular. Espero que les guste.

Feliz #VDLN, feliz semana. Salud y libertad.


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