Sobre mí

Rafa Hernández. Espíritu libre. Perdedor vocacional. Devoto del Decrecimiento como filosofía. Adoro la montaña, el esquí nórdico, la música, los gatos, las fotos y los buenos poemas. Los malos, también. Grave defecto: soy economista.

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Robe Iniesta. Hoy renuncio al mundo. #VDLN 136

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Qué poco me agrada diciembre. Lo del frío se arregla con un buen abrigo, pero así de entrada, ya te encuentras de bruces con el puente. Aún perdura el agobio de cuando esquiaba. A todas horas pegado a la pantalla a ver si algún pitoniso profetizaba nieve. Que sí, que sí, que Benasque o el Valle de Arán son en cualquier época una gozada, pero a ver que coño hacías lloviendo a tres grados y con las tablas en el coche. Sabiendo mirar, todo alcanza un perfil positivo, hasta la mala salud que llegó para liberarme de tales estreses. Aunque resultó inocua ante el más terrible de los sucesos, a quién se le ocurre nacer el día nueve. Según la madre a las doce en punto, en medio de una nevada, y en un lugar donde cada copo se convierte en letra de primera página. Todo un presagio de los siguientes cincuenta y cuatro años y... de los que queden. Desde que aterricé en este mundo y como diría mi admirado Enrique Bunbury: cabeza de calabaza en martes de carnaval.

Foto: Claudio Álvarez (El País)
Luego los festejos de empresa en los que toca poner buen rostro y soltar un par de chorradas, como si cada cual no cenara tan a gusto en su casa o, en su defecto, donde y con quien se deje. Festín a festín ejerciendo de exótico: “a ver que le ponemos a este”. Todavía recuerdo los comentarios del camarero en una de las últimas:

– ¿Quién es el raro?

Menuda cara se le quedó al tipo cuando se enteró que  era "el raro" quien traía los billetes.

– No se lo tome a mal. Pero si no le doy ni carne, ni pescado, ni huevos, ni leche, a ver que come.

Termino de espárragos de granja o de parrilladas vegetales hasta los mismos. Ya he desistido de pedir revuelto de ajetes sin revuelto o de consultar si las croquetas de boletus las pueden preparar sin leche. Defraudo al público cuando me apunto al café. Por razones que se me escapan, todos esperan que exija una menta-poleo o algún brebaje extraño.

– Que no, que no. Que a mi las hierbas me gustan de cualquier manera, menos en infusión.

Luego de cabeza al buenrollismo propio de las fechas. Hasta un señor con bigote que no conoces de nada, va y se explaya:

– Bueno pues si no nos vemos, que paséis unas felices fiestas y que el año nuevo os colme de parabienes.

A ver caballero, lo más probable es que no volvamos a encontrarnos, con ese principio no me quedan muchas ganas. Y además yo vivo más o menos solo. Como no se refiera a los gatos, animales lo bastante inteligentes como para pasar de estas moñadas, no termino de comprender el plural.



La Nochebuena... épica. Desde que mis hijos se independizaron ejerzo de segundo más joven de la fiesta. Un planazo y una desmedida juerga. Sobre todo si, como en mi familia, los machos suelen nacer ya con la próstata avisando y las hembras premenopáusicas. Un banquete inmenso para un puñado de abuelos que no comen nada y para este pobre hombre que solo prueba el verde. El momento cumbre se alcanza cuando, por alguna de esas confabulaciones interestelares, coinciden dos hechos que singularmente me desagradan. No sé distinguir qué me da más rabia, si que me mandan callar por culpa de la tele o tragarme a las bravas el mensaje navideño de su majestad. Porque te lo tragas. Con cuatro o cinco sordos alrededor de la mesa, te lo tragas aunque finjas llamada inoportuna y salgas un rato a pasear por el jardín.

A medida que las botellas bajan, entramos en materia. Ya es mala suerte reconocerte ateo y anti-militarista en un clan donde se considera nobleza a clérigos, soldados y a todo aquello que huela a gente de orden. Me retrotraen a la Castilla más rancia, con servidora en el papel de garbanzo negro que para eso tiro un poco a ácrata. Sirve para ensayar silencios y para ratificar el propósito de no quedarme amarrado a décadas pasadas. Con los años, uno se ha ido vacunando aunque, por mutación del virus, siempre concluye causando unas décimas de fiebre. Lo más nefasto, las despedidas; eteeeeeernas de modo permanente. Nadie comprenderá lo que significa la desesperación hasta que no observe a mi madre en su salsa. Cómo puede tardarse tanto en los veinte metros que nos separan del coche.



Vaya panorama, no me extraña que de solo pensarlo, mi cabeza se escape hasta lo último del Robe. En cada instante de la vida he sentido como propia su música. Quizá porque somos de la misma edad, porque de jóvenes nos creímos idénticas mentiras, porque fuimos de macarras cuando tocaba y pasamos un tiempo viviendo de las rentas, porque los dos pensamos que lo único cierto es la poesía y lo demás son cuentos, o porque un buen día decidimos quitarnos la careta y dejar de ser esclavos de nuestro propio personaje. En 2016, esos sonidos nos informan de las razones por las que ambos nos percibimos Por encima del bien y del mal, por las que con más frecuencia de la deseada componemos La canción más triste o de que alguien nos remite Cartas desde Gaia. Aunque a mí, la que más me agrada, es la de aquella estrofa que en algún momento dice: “vivo siempre fuera de todas las reglas, mi única bandera son tus bragas negras”. Hoy renuncio al mundo, creo que se llama.



Puede ser que sea que estoy harto de ver lo que quiera que sea lo que vea,
puede ser que esté cansado de mirar y no ver más que anuncios de mierda,
pero hoy al mundo renuncio, juro que hoy al mundo renuncio.
Puede ser que a lo mejor este bajón sea pasajero,
puede ser que la razón me abandonó y ya no la espero,
pero hoy al mundo renuncio, juro que hoy al mundo renuncio.
Yo, a mi manera, he dejado a su lado de todas las reglas.
Que en este tejado la única bandera son sus bragas negras.
Vivo siempre fuera de todas las reglas,
mi única bandera son sus bragas negras,
y veo todo pasar desde fuera.
Pero hoy al mundo renuncio, juro que hoy al mundo renuncio.


En fin que no se me puede dejar suelto. En cuanto dispongo de cinco minutos les martirizo con un rollo que te cagas. Espero lo comprendan y disfruten de Destrozares, lo más nuevo de Roberto Iniesta. Un tipo que dimitió de Extremoduro para ejercer de ExtremoRobe. Sin renegar de lo primero, este me encanta. Como antes comentaba... serán cosas de la edad. Feliz #VDLN, feliz semana. Salud y libertad.

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Cefalea

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Un señor que te recibe
amablemente
con una bata blanca
y una sonrisa seria
de cumplido áspero.
Como si fuera a dispensarte
un cuarto de aspirina
y algún frenadol
para el resfriado.
Un oyente que te oye
pero no te escucha.
Un funcionario.
Un fingidor que finge
comprender unos síntomas
que por lo visto
no caben en los libros.
– No puede ser
lo que me cuentas.
Para concluir afirmando
también amablemente
que en toda enfermedad subyace
un componente psicológico
y que además el enfermo
debe poner algo de su parte.
Que tal vez el dolor
el mío
no sea para tanto
y que no me mantenga
todo el día pendiente.
O sea
que tengo yo la culpa.
– Tu puta madre.
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Décima Víctima. La voz que me persigue. #VDLN 135

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Aunque buena parte de mi generación no lo comparta, en lo político y en lo musical, considero a los ochenta españoles una década sobrevalorada. Glamour de peluquería, genios bajo su propia palabra, revolucionarios de garito que terminaron de tertulianos en la Cope y la famosa movida que no movió nada. Unos cosecharon fama y fortuna, mientras otros, como se decía en el colegio de los ríos humildes, cargaban con el agua. En la cuestión artística, los distintos personajes de Alaska, gentes como "los Gabinete" o los para mí insufribles Mecano, robaron la gloria y se quedaron con la mayor parte del botín. Por algo eran chicos bien que navegaban con un huracán a la popa, el por entonces todopoderoso diario "El País". O disfrutabas del favor de Almodóvar y su secta o tocaba comerse las orejas. Salvo un puñado de rockeros honestos (Miguel, Rosendo, Burning, Tequila…), los Auserón y Antonio Vega  de los pocos capaces de hacer compatible rentabilidad y buen gusto , el talento lo pusieron bandas malditas, coleccionistas de piropos en los programas más in de la época, pero también de ventas humildes y aforos semidesnudos. Derribos, Parálisis, La Mode o ... Décima Víctima.



Fue está una banda casi desconocida, formada en Madrid a principios de la década por dos hermanos suecos (Lars y Per Mertanen) y por Carlos Entrena (ex-cantante de Ejecutivos Agresivos). Cuando descubrieron que una caja de ritmos resultaba insuficiente para presentarse con decencia en sociedad, incorporaron a la batería al desaparecido José Brena. De vida tan intensa como efímera, tal vez la marca de los tiempos, en dos discos grandes y media docena de pequeños demostraron que nadie como ellos para nacionalizar la atmósfera heredada de la Joy Division. Un aroma entre poético y melancólico propio de la juventud inteligente. Este Noviembre en mayúscula, con el que adornamos la primera semana en que el otoño se reconoce a sí mismo, parece buena muestra de ello. Lo dejaron pronto. Ejercían de aficionados y tocó elegir entre la música y la subsistencia. Optaron por lo obvio. Antes, demostraron que en el arte -como en la política- el amateurismo siempre se vuelve ventaja. Te hace más auténtico, más honesto y sobre todo mucho más libre. Duraron poco, sí, lo suficiente para demostrar que merecían la pena y para permanecer en el recuerdo de unos cuantos seres como “nuestra” banda de los ochenta. No me considero de modo especial adicto a la nostalgia, aunque a veces, cuando me da... Supongo que será el precio de los años o quizá que "amanece en noviembre, un cielo gris que indica que el mal tiempo vuelve ...". Como siempre por estas fechas.

Amanece en noviembre.
Un cielo gris
indica que el mal tiempo vuelve.
El aire frío y crudo
barre hacia el sur
las olas de polvo y papeles.
¿Por qué siempre el invierno
refuerza con el viento
la sensación de soledad?
El paisaje desierto del exterior
parece extraño con luz tenue.
La vida está escondida alrededor
y sé que volverá más fuerte.
¿Por qué siempre el invierno
refuerza con el viento
la sensación de soledad?



Con Almas perdidas ya visitaron mi pequeña cueva virtual en uno de los primeros #VDLN que enlazo por si alguien quiere. Para los curiosos dejo otro par de muestras. Melodías para acompañar esas tardes de lluvia en las que apetece escuchar La voz que me persigue desde hace tres décadas o reflexionar a solas sobre el enigma que se esconde Detrás de la mirada.

La voz que me persigue lejana y fría
No sé si es la de otros o está dentro de mí.
Un mar de ideas fijas golpea mis sienes.
Rumor que va creciendo contra mi voluntad.

Quiero acabar con la continua voz,
quiero acabar y descansar.

La voz que me obsesiona habla entre sueños.
El sol en nada cambia la luz tan solo es luz.
Un mar de ideas fijas golpea mis sienes.
Rumor que va creciendo contra mi voluntad.

Quiero acabar con la continua voz,
quiero acabar y descansar.



Antes tan ingenuos como su amistad,
el tiempo los ha transformado en enemigos.
Cuestan las palabras al volverse a ver
Mintiendo, simulando no haber entendido.

En la misma meta un único interés,
las garras preparadas como los colmillos.
Buscan en el otro la debilidad,
acechan, con el cuerpo tenso y encendido.

Antes, antes los dos ...



Espero que les gusten. En tiempos era capaz de seguirlos a cualquier lugar, se ve que ya desde joven apuntaba maneras. Pese a las ganas, no me he atrevido a dedicar este #VDLN al concierto de The Cure del pasado domingo. Para narrar tres horas (sí, tres) en el paraíso de las tinieblas, hubiera necesitado cinco entradas. Con mis mejores deseos de salud y libertad, como siempre, feliz semana.

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Apaga la tele.

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Apaga la tele
o terminarás convencido
que los criminales de guerra
son quienes las pierden.
Que a tu pareja le pegas lo justo
o te verás celebrando
un veinticinco de diciembre.

Apaga la tele
o creerás que votando a fulano
la vida brotará diferente
que los toros no sufren en las plazas
que el hombre es un depredador
obligado por instinto a matar para subsistir.
Que un macho es un marichulo
y una hembra atractiva
cualquier barbi con las tetas operadas.
Que los gatos no merecen derechos
que el derecho a la propiedad existe
y que además incluye a los seres.
Que el trabajo es dignificación
y no el modo con el que enriqueces
a quienes ya nacieron entre diamantes.
Que el sueño americano
no se convierte en pesadilla para el resto
que la especie humana no es
la más perversa de todas las especies.

Apaga la tele
o admitirás como sanos los egoísmos sanos
para aplastar a todo aquel
o a toda aquella que se tercie.
Pensarás que los muertos en las calles
son escenas de telefilme
y hasta que algún tertuliano
vocea por convencimiento
no por obediencia al jefe.
Que una mala peli porno
resulta preferible a una caricia sentida
o que el amor consiste 
en follarte a quien se deje.

Apaga la tele
o asumirás que la razón pertenece al que grita
el alma a Dios
y los árboles a su legítimo propietario.
Que la competencia mueve al mundo
que aprender radica en memorizar estupideces.
Que los buenos son muy buenos
los malos muy malos
y además se sientan enfrente.

Apaga la tele
o acabarás idolatrando a mercaderes
llorando por el Madrid, por el Barsa o por el Atleti
comprando lo que te ordenen.
Vistiendo como ellos
sintiendo como ellos...
si es que sienten.

Apaga la tele.

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Tangerine Dream. Un viaje a la estratosfera. #VDLN 134

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Porque seguimos prisioneros del tiempo; porque hay días que huelen a recuerdos; porque el talento es una función matemática independiente de la edad; porque no existen razones para identificar con la juventud a las vanguardias culturales; porque preciso huir de un mundo horrible; porque la igualdad de género se demuestra también sobre el escenario, escapando de los tópicos que identifican al buen baterista con alguna especie de gorila de montaña; porque es una lástima que la muerte nos privara en 2.015 de los directos de Edgar Froese, sin duda uno de los mayores talentos sonoros del siglo XX; porque los instrumentales, cuando salen buenos, facultan a cada cual componer el texto que más le llega; porque no somos sino alimentos perecederos... A veces necesito viajar hasta la estratosfera para escribir por un rato versos suicidas que me permitan soñar con mandarinas...


Alimentos perecederos

Disfrutar de la soledad 
disfrutar de la compañía si se presenta buena 
y comprender que ambas 
como nosotros mismos 
no son más que instantes perecederos.

(Rafa Hernández, Abismos, 2.016)



Tangerine Dream, Stratosfear 2005. Espero que les gusten. Feliz #VDLN, feliz semana. Salud y libertad.

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Medinaceli 2016: un viaje a la España que nunca debió existir.

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Qué pena que la Castilla en la que nací y en la que tengo la intención de morir algún día que aún deseo lejano, escoja refugiarse en sus vicios cuando podría reafirmarse en sus virtudes. Una lástima que en lugar de jactarse de una lengua que con independencia de las razones sirve a medio mundo para el entendimiento, de una literatura como pocas o de sus ciudades amuralladas, auténticos museos vivientes de la historia; decida perpetuarse en el terror, en la muerte, en tradiciones anacrónicas que parecen huidas de algún perverso manual del Santo Oficio.


Sin más que tomar la desviación que conduce desde la A2 hasta el municipio de Medinaceli, percibimos un intenso aroma a represión. Fue dimitir de la autovía y el primer control.

– Buenas tardes. ¿Dónde van ustedes?

Curiosa pregunta en una carretera sin otro destino posible que el siniestro pueblo soriano. Nos advierten de la prohibición de acceder a la plaza si hueles a forastero y careces de una de las invitaciones que el municipio reserva a los ilustres miembros de las organizaciones taurópatas. Por ese impulso heredado de la madre, de rebelarme contra todo acto de arbitraria autoridad, respondí de la forma más inadecuada. No recuerdo la frase exacta pero debí contestar algo así como que yo iba donde me daba la gana y que no sentía necesario comunicar a nadie uniformado la previsión meteorológica de mis actos. Como en la letra de Bunbury, las consecuencias se volvieron inevitables. Cacheo exhaustivo y unos quince minutos de escrupuloso registro del vehículo. Quizá hubieran abreviado de ahorrarme una de las ironías que a veces me pierden:

– Si encuentran el anti-robo de las llantas, por favor me avisan. Se me cayó hace algunas semanas por el maletero y he sido incapaz de localizarlo.

Un poco más arriba, ya casi en la zona amurallada, otra detención. Otra vez “los papeles” y nueva revisión de la tapicería. Como novedad nos hacen sonreír ante una cámara en la que se grababa a cualquier extraño que accediese al centro de la población. Aunque mantengo mis dudas sobre la legalidad de semejante trato, tras la experiencia anterior, decido “cooperar” y echar unas risas ante el objetivo. También nos advierten de las sanciones que, según la ordenanza municipal, se ciernen sobre todo aquel que perturbe el normal desarrollo de la fiesta. Al margen de la arbitraria desproporción de las multas, una originalidad lo de incluir bajo el epígrafe de “normal”, prender fuego a la cornamenta de un pobre toro y darle martirio hasta que se apague.


Aparcamos con menos dificultades de las previstas. Supongo que el llegar pronto se transformó en ventaja, algo extraño en mi conducta y achacable en exclusiva a los defectos de la compañía. Durante la cena, casi salimos a golpes con unos niñatos empeñados en amagarla. Aunque ni el cuerpo ni las ganas se hallan ya para estos trotes, se morirán ignorantes de la escasa distancia que nos separó de la tragedia; de terminar ellos con un plato de bravas ardiendo sobre su cabeza y servidor, probablemente, con una buena ración de palos sin tomate. A fuerza de Dios teníamos que irnos de “su” pueblo sin probar bocado. De modo instintivo se me vino a la mente la estrofa de uno de mis poemas:

La perpetua falacia de los posesivos
simulan donarnos propiedades
cuando somos nosotros quienes les pertenecemos.

No voy a desvelar cómo accedimos, con todas las de la ley, al lugar de los hechos, pero a las diez y algo, ya estábamos dentro. Mi acompañante lo calificó como un cuarto de inteligencia y tres de cara dura. Por supuesto ella puso la primera y a mí me correspondió la segunda. Con cierto retraso sobre el horario marcado (23:30), comenzó el “espectáculo”. Inenarrable. Por más que haya repetido con idéntica finalidad en los últimos años, por más que uno conozca lo que se va a encontrar en aquel monumento a la necedad humana, imposible acostumbrarse. Unas bestias en quienes cuesta adivinar el menor vestigio de inteligencia útil, sujetan al bicho contra una especie de poste. Entre los gritos de dolor del desafortunado animal, embadurnan su cabeza de barro y le colocan un artilugio metálico, impregnado de algún material inflamable al que prenden fuego. El resto pueden imaginarlo, kafkiano. El toro ni embiste, ni agrede; ni siquiera se defiende. Solo intenta desesperado liberarse de aquello que transforma su testa en una antorcha viviente. No queda espacio para la diversión, ni siquiera para el riesgo; solo para un dolor inútil que, si consigues abstraerte de él, se convierte en aburrimiento.


Durante todo el festejo fueron constantes los insultos hacia l@s animalistas que se concentraban en los accesos, detenidos por unas fuerzas del orden que, para variar, optaron por proteger al mal y golpear al bien; por agredir a la libertad en lugar de defenderla, su función constitucional. Gran trabajo el de mi terapeuta. Incluso en semejantes circunstancias me muestro capaz de hallar un camino hacia lo positivo. Con lo que habré renegado de mi feo oficio, lo convertí en un cuento de Disney al compararlo con el de esos ciudadanos de uniforme que en campaña electoral tanto agradan a Don Pablo Iglesias. Cosas de la política, supongo.

Del resto poco que contar hasta que en la distancia observo como expulsan de la peor manera a un rostro conocido, con el que tuve el placer de compartir algunas horas en el último Tordesillas. No se puede ser tan grande por dentro y por fuera tío, se te identifica con facilidad. Espero que todo quedase en un mal susto. Aplaudimos justo en el momento en que una compañera demuestra al desperdicio de testorena ebria que abarrotaba la plaza, en lo que consiste el valor sereno. Ella consiguió apagar uno de los fuegos, aliviando el sufrimiento de la víctima y demostrando a los agresores que por mucho que se empeñen no se pueden colocar puertas al viento. Curiosa la valoración del bufonesco diario Abc, cuando afirma que los activistas no lograron alterar el festejo. Dónde estuvieron. Por momentos sospecho que redactaron la crónica desde el salón de alguna confortable vivienda del Barrio de Salamanca. Como resultaba previsible, la liamos con los vítores. Terminamos a medio tortas y, por supuesto, fuera del recinto. Aunque nuestra naturaleza pacífica (no pacifista) nos inclinase hacia lo opuesto, en el fondo apetecía. No imaginábamos otra puerta más digna por la que escapar de aquel absurdo túnel del tiempo.


PACMA documenta la crueldad del Toro Júbilo de Medinaceli 2016 from PACMA TV on Vimeo.

Medinaceli fue un viaje hasta el pasado más funesto. Ahora, con un año por delante se impone la reflexión de tod@s. Desde el bando animalista, aliados con la razón, deberíamos prescindir de tanto mensajito dramático en las redes y de grupos de whatsapp donde se calienta sin sentido a la gente. Nos sobran matones de billar con complejo de superhéroe y personajes más o menos pintorescos que buscan en el movimiento la notoriedad que la vida les negó en otros ámbitos. Nosotr@s no somos así, nunca lo fuimos. Como en la canción del colegio, solo gente pacífica a la que no nos gusta gritar. Si evitamos esos errores, para la próxima aumentaremos hasta diez mil en lugar de unos pocos cientos y añadiremos a la fuerza de la racionalidad, la motivación del número. Algo imprescindible en la sociedad de la estadística.

Para reflexionar si, incluso desde una óptica legal, cabe la calificación de “festejo popular” a un acto en el que la condición de forastero te convierte en sospechoso, en la que se discrimina a las personas por su lugar de residencia o por su opinión respecto al evento. Además de estúpido, bordea lo inconstitucional. Se vulneran la libertad de desplazamiento, de opinión, se impone la declaración previa sobre la ideología como requisito de acceso y se anula la libertad de prensa y el derecho a la información, al no permitir la libre circulación de cámaras y de periodistas durante el desarrollo de los hechos. Por simple regla de la lógica, algo no cuadrará en la conciencia de los nativos cuando imponen tanto secretismo.

Las fuerzas del orden, deberían también plantearse los límites de la obediencia debida. En el Juicio de Nurenberg, quedó consagrado como principio universal del Derecho el que la disciplina no excusa del incumplimiento de las órdenes, cuando se vulneran libertades fundamentales o cuando con ello se cometen delitos flagrantes. Alguna vez se enterarán que también son pueblo.

Lo de los políticos no tiene nombre. Mucho pico, mucho discurso parlamentario a la caza del voto incauto, mucha manifestación en Sol o mucho crear subdivisiones “animalistas” en los partidos, pero luego nunca se encuentran donde corresponde. De su comportamiento solo puede deducirse una intención meramente electoral que se queda en nada. A ver si asumen que lo de “amar a los animales” o lo de “estar con la gente” no consiste en declarar desde un despacho, en grabar vídeos más o menos llamativos para youtube o, todo lo más, en vender camisetas en los mercadillos con exitosos mensajes de marketing. Hay que plantarse allí y de la mano de quienes dicen representar a cambio de un sueldo, afirmarse en un NO a la barbarie.

En fin, un año más Medinaceli escogió ser la puerta del túnel del tiempo. Lo lamento por sus gentes, las batallas que se libran contra la historia, siempre se pierden.
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Fito Cabrales. El cielo en un abrazo. #VDLN 133

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Foto: Rafa Hernández
Caminaba en la profunda noche de esa soledad que a veces me inunda sin razones. Alguna fecha de las que nos dicen algo, tal vez un gesto de desprecio que valorase como inmerecido o quizá la percepción de que por más que uno se esfuerce, las cosas terminan saliendo como salen, y casi siempre mal en aquello que importa. Me aproximé sin freno, por esa curiosidad infinita regalo de mi madre. Tras un forcejeo y par de arañazos profundos, al fin conseguí atraparla. Nos hablamos con los ojos, como se hablan los amantes. ¿Y ahora qué? Tranquila cariño, cuando el desencanto empareja a unos felinos solitarios, solo la muerte puede separarlos. Porque catorce vidas son dos gatos, si te cabe el cielo en un abrazo... aún nos queda mucho por vivir. Como en la canción de Fito.



Hoy cortito, que el tiempo no me llega ni para responder a los comentarios. Perdón por la descortesía de la semana pasada, ya escampará. Feliz #VDLN. Salud y libertad.

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Christina Rosenvinge. Donde haya que ir... #VDLN 132

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Hace tiempo tuve una amiga a la que quería de verdad. Aunque en mi opinión interesada merecía todas las coronas, siempre se negó a ejercer de princesa; no era mujer de monarquías ni de cuentos. Por un impreciso lapso temporal, compartimos un pequeño trozo de vacío, tan lejos del campo como de la urbe, en medio quizás de ese lugar de coordenadas desconocidas que llamamos nuestro. El barrio no era gran cosa, pero la casa daba el pego, el espacio justo para dos almas perseguidas por una fortuna empecinada en lo adverso. Por hacer como que hacíamos, comenzamos a caminar sin rumbo aparente, hasta que en una mala hora nos metimos en un lío de los buenos. Creo recordar que ella terminó devorada por algún tipo de reptil gigantesco. Yo, ni idea, perdí la memoria. A estas alturas aún desconozco si me mantengo vivo o si por mutación genética, o quizá por el simple instinto de supervivencia, me convertí en alguna especie inclasificada de muerto. Desde entonces juré no regresar jamás al lado salvaje; venga quien venga, pase lo que pase.

Imagen: Rafa Hernández. Madrid 27.10.16
Donde estés, si es que aún existes en alguna parte, que sepas que continúas en mis pensamientos y que si por desgracia o por ventura volvemos a encontrarnos, tal vez nos riamos de aquella pesadilla con alguna droga fuerte de las que no matan los sueños. Tú por mí, yo por ti... donde haya que ir.

En la ilusionante primavera de 2.011, resucitó mi cuerpo. Una locura. Aunque quizá ya no teníamos edad para esas cosas, nos fuimos de acampada sin apenas conocernos. Crecieron nuevos anhelos, nuevas formas, nuevos episodios para la película que dicen que vemos justo antes de que la vida alcance su término. Viajamos sin miedo hasta ese reino incierto donde los malos tiran de verdad. Qué si tiran. Duró lo que duró, lo suficiente para tomar conciencia de que ya era demasiado. No importa. Que nos quiten lo puesto y la esperanza de que si volvemos a coincidir, quizá nos carcajeemos de todo con un café de por medio. Tú por mí, yo por ti… solo por ir.



2016. Jueves, veintisiete de octubre. Con la delicada potencia marca de la casa, Christina toma el escenario del Club Ocho y Medio (la But de siempre, para entendernos). Fiel a su habitual retraso que asumo sin la legitimidad moral de criticarlo, a eso de las diez nos regala lo mejor de su último trabajo. Un sonido distinto, potente, a ratos eléctrico y por momentos electrónico que se fusiona con algunas perlas de su etapa más cercana. Igual, pero a la vez diferente a la presentación en el Lara, hace ahora año y medio. Eclipse y La canción del eco me trasladan al exquisito reino de la sensibilidad. Recuerdos, esperanzas frustradas e ilusiones intactas que sin hallar el modo de evadirlas, me emocionan en una sala repleta de ilustres de la música. Un lujo la contribución a la guitarra del líder de Havalina, para mí el grupo más brillante de la mal llamada esfera independiente española, o al menos uno de los pocos que no ejercen su oficio cual margarinas derretidas al sol de agosto. Fueron momentos de confesiones, desconocía que el primer curro profesional de Manuel Cabezalí llegó precisamente en una gira con Rosenvinge. Todos quisieron arropar a la madrileña en la despedida nacional del tour Lo nuestro. Incluso algún gurú de la radio más cultureta con el que intercambié un saludo en el único lugar privado de todo el recinto. Entre esperas, telonera y la estrella del día, no se conoce vejiga que resista tres horas largas a base de tercios. Para el cierre, lo más selecto de su repertorio noventero: Tú por mí, Mil pedazos y ese Voy en un coche que hacía años no escuchaba en directo. Otras formas, otras versiones, con la misma alma pero con el don innato de saber adaptarse al instante y a la edad.





Para mi fue algo más que otro concierto. Un aquelarre purificador, quizás un reencuentro con amigos que son mucho más que eso. Sin duda por Christina, por esas razones que nunca necesité comprender y que la convirtieron en la diseñadora de sonidos que más me llega. Ni se la mienten a mis hijos. Aún recuerdo su cara de terror cada vez que en estricto uso de mi turno, escogía banda sonora en aquellos eternos viajes hacia la nieve, permanentes durante su carrera deportiva. Pero sobre todo por es@s herman@s con l@s que compartí la fiesta, de l@s que no precisan ni de la consanguinidad ni de la cercanía geográfica para reconocerse tales; también por ti que al final no te atreviste; y por un@s poc@s más que estaban sin estar. Que dure el eclipse. Tú por mí, yo por ti… aunque solo sea por ir.



Espero que les gusten las canciones de Christina Rosenvinge que hoy les ofrezco. Observarán que he obviado las más recientes; ya les dediqué un texto hace no demasiado (Lo nuestro) y no era cuestión de repetir. Como la fotografía con la que ilustro esta entrada, la última versión del tema que conduce esta colección de sensaciones, igual carece de la calidad necesaria. Ni la grabadora de un móvil, ni el diminuto sensor de una pequeña compacta dan para más, pero regalan a cambio la virtud de lo documental. A estas alturas ya habrán percibido que la composición me dice muchas cosas; unas completamente falsas, otras tan ciertas como como los minutos que gastamos en inventarlas.

Feliz #VDLN, feliz semana. Olviden lo inevitable, lo accesorio, los virus que se esparcen desde algún teatro maléfico, custodiado por un par de leones hambrientos. Y disfruten de la vida con salud y en libertad. El resto es esperar a que todo estalle por sí solo. Pese a ellos, unos malos muy malos y unos buenos que tampoco son tan buenos, sí que se puede. 

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