091. La noche que la luna salió tarde. #VDLN 153

Menudo «flash», despertar en su habitación, en plena resaca, bajo inequívocos síntomas de que allí «habían fumado». Creo que fui el único del grupo sin conciencia exacta de lo sucedido. El desayuno se volvió épico: burlas, comentarios chismosos con segundas, terceras y hasta cuartas. Las típicas expresiones soeces que te ensanchan el ego cuando nacen de una fantasmada, pero que te hieren hondo si se corresponden literalmente con lo acontecido. Solo a mí podía sucederme. Para una vez que me ligo a la belleza oficial de la clase, al día siguiente todo parecía haberse fugado de la memoria. Las consecuencias de una excursión de fin de curso, de Granada, del colocón de ciertos humos criados más al sur y de las diez o doce copas que debí ingerir en algún garito cutre del Sacromonte. Ni siquiera la desafortunada creyó aquella amnesia narcótica. Lo tomó como un cumplido de caballero, fruto del agradecimiento hacia la mujer que me inició en el arte de amar en pantalla grande.


De milagro no nos expulsaron a los dos del centro. La connivencia del profesor a cargo de la expedición -el de filosofía- que prefirió suponer que eran cosas de la edad y que allí no había pasado nada, nos libró del correctivo. Con lo supercatólico que decía ser el director, como para andarse con bromas en cuestiones «morales». Resultaba de público dominio que aquel hombre con bigote que irrumpía en cualquier aula para soltar cuatro chorradas en inglés, su modo de justificar el supuesto biligüismo del colegio, gastaba querida con piso puesto y abrigo de piel en temporada. Pero una cosa es el humano deshaogo de las pasiones personales y otra consentir que los jóvenes bajo su tutela convirtieran las actividades, más o menos patrocinadas por la institución, en instrumento para la lujuria. Nos tuvimos que tragar, eso sí, una absurda terapia con el psicólogo de oficio, militar con inclinaciones golpistas y conocimientos de la especialidad lo bastante limitados, como para que lo engañáramos sin demasiado esfuerzo. «Que le juro que no, que de sexo nada. Solo salimos de fiesta, volvimos muy tarde y para no molestar a los compañeros decidimos compartir cama». También ayudó el que ella caminara por los dieciocho largos, usara novio con derecho a cena navideña en casa de los padres y que yo acabara de cumplir los dieciséis. El generoso donativo de ambas familias al «Hampa» o como se llamase la asociación de progenitores pelotas en aquel momento, terminó de resolver el asunto.

—Lo hiciste muy bien para ser la primera vez.— Me confesó como despedida al pie del autobús, ya de regreso. Aunque hoy disponga de elementos de juicio para valorar tal afirmación como un simple cumplido, el ego y las hormonas me invitaron entonces a darlo por bueno.

Tras cerrar COU con resultado dispar -la chica fue a septiembre en selectividad, yo ejercí de empollón y aprobé en junio con nota decente-, no volví a verla hasta transcurridos más de treinta años. Fue ella quien me reconoció en medio de una multitud, en pleno furor navideño de la calle Preciados. Aquella niña arregladísima, preciosa en cualquier dirección, y casi anoréxica del setenta y muchos, se había transformado en una mujer ancha, deslustrada, sin ningún atractivo especial entre una masa de seres que caminaban con prisa, como si de verdad fueran hacia algún destino. Su rostro delataba las vueltas al sol; el cuerpo, el inconfundible efecto de los antidepresivos. Cuando se identificó, se me vino a la cabeza una de esas ideas que nacen contaminadas por el machismo infame que nos inculcaron de pequeños: «Bufff, de la que me libré». Me azotaría con solo recordarlo. Aunque todo permaneciese encerrado en mi interior, cómo podía tratar tan injustamente a la dama que me acompañó en el rito de iniciación. ¿Acaso yo no me observaba ante el espejo? Me contó que terminó divorciándose de su antiguo novio, que el tiempo y el alcohol lo convirtieron en un individuo imposible y que acabó denunciado por malos tratos. Tomamos un par de cañas que me sirvieron para esconder las gafas de la estupidez en el baúl de lo que nos avergüenza de nosotros mismos. La volví a mirar y entonces... la vi. Al despedirnos nos fundimos en un abrazo, cuya intensidad excedía de lo natural entre dos antiguos compañeros de curso.

—Sigues siendo la más guapa de la clase y yo, pese al empeño que le puse, continúo sin acordarme de nada.

—Anda, no seas bobo, qué ya no tenemos «diecitantos» —comentó en un tono que interpreté como dos tercios de complacencia y el resto de falso rubor—. Me alegra haber coincidido. Estuve en una charla que diste en la UNED, quería saludarte, pero con tanta gente a tu alrededor no me pareció adecuado. También compré tu último libro. A ver si quedamos y me lo dedicas, siempre supe que te acabarías convirtiendo en alguien importante.

Comprendí lo mal que debía haberle tratado la vida, cuando por comparación usaba ese adjetivo - importante - para referirse a mí, un perfecto retrato del fracaso. Intercambiamos los teléfonos y, casi cuando cada uno reemprendíamos nuestro personal viaje a ninguna parte, se giró para regalarme una sonrisa que me devolvió a la chica más deseada de la clase de COU:

—Yo me acuerdo de todo. Aunque ahora seas tú quien no quiera creerlo.

No volvimos a encontrarnos. Creo que los dos, desconozco si con buen o con mal criterio, preferimos la memoria de lo que no llegamos a ser, al triste presente en que nos habíamos convertido.



No sé como justificar esta entrada. Tal vez constituya una forma de dar salida a las tomas falsas de un proyecto literario en el que me hallo inmerso, o quizás todo se deba a los efectos de una tarde lluviosa de primavera, en la que, tumbado en el suelo para escuchar como crecía la hierba, me venció el recuerdo de una de esas noches en las que la luna decide retrasarse. Les dejo con la duda y con la música de 091 que, caprichos del azar, son «granainos» y regresaron a los escenarios en 2016, tras una pausa eterna. En cualquier caso, nunca olviden aquella frase de Faulkner: «Un escritor -y quienes sin merecer ese nombre jugamos a serlo, añado- es intrínsecamente incapaz de decir la verdad, por eso llamamos ficción a lo que escribe».

Feliz #VDLN, feliz semana. Hasta la próxima, con salud y en libertad.

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Comentarios

  1. Un texto exquisito en el que se reflejan sentimientos, ambientes y épocas. A veces la ficción, en la parte de ficción que tenga, es el mejor modo de expresar la verdad. Un beso.
    Estrella Fugaz.

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    1. Gracias por la sobrevaloración. La verdad en mi criterio no existe, como en aquella frase Anais Nin, no vemos las cosas como son, sino como somos. Un beso, Estrella.

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  2. ¡Juventud divino tesoro! Que suerte que te iniciastes en las artes amatorias, justo cuando las hormonas están mas alteradas.¡Y con la mas guapa de la clase!.Debería subirte la autoestima. Yo por pertenecer a otra época y ser baste feo , me tuve que estrenar ya entradito en años en un prostíbulo. me imagino que como muchos de mi condición,aunque yo ,ya ni pagando.Fuerte abrazo y feliz semana

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    1. No te creas que yo fui y mucho menos soy, gran cosa. Gracias por comentar. Feliz semana.

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  3. El escritor escribe ficción porque si todas ésas ideas se quedaran sería terrible... es una forma de vivir de nuevo.

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    1. Sobre la ficción se han dado muchas definiciniones. A mi me encanta una de una buena amiga del mundo de las letras: es una forma de justificarse.

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  4. Buuf de la que me he librado jajajaja la de veces que he dicho yo eso jajajaja

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    1. Y la de veces que lo habrán dicho de nosotros.

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  5. Recuerda también esta frase: 'Soy bloguero -o algo así- y todo lo que digas o hagas puede acabar en uno mis blogs'. (Eso sí, citaré la fuente).

    Feliz #VDLN

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    1. Por propia definición, desde el momento en que algo se hace público, pasa a ser propiedad de todo aquel quiera tomarlo o acercarse, citando o sin citar la fuente. "El autor -como suele decir una conocida amiga del mundo de la música, salvando las distancias,- no tiene más derecho que el acto creativo".En último extremo para algo lo difundimos cada cual a nuestro modo, para que se sepa. Feliz semana.

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  6. Trataré de expresar con palabras lo que sentí al leerte... Sonreí... una amplia sonrisa se me dibujó en la cara y pensé, traté de imaginar si habría alguno que se acordara de mí, o que quisiera hacerlo; por un beso dado o que faltó; si habría alguno que encontrándome dijiera "de la que me salvé!" ...o, aún mejor tal vez, "diablos...la qué me perdí!"... y así continué a volar por un poco, y es lo que me pasa cuando vengo aquí y te leo... porque tenés magia Rafa, y eso transpare en tus letras.

    Que tu semana sea fantástica...un besote.

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